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¿Debemos estar a la moda?

Es frecuente que un cliente nos diga que su interfaz se ve vieja, o que no sigue las tendencias actuales o que directamente no está a la moda. ¿Qué deberíamos responder en ese caso?

Maniquies de moda

La moda es un fenómeno extremadamente complejo, inherente no solo a la naturaleza gregaria del ser humano, sino a la conciencia que los humanos tenemos de ello.

Parece hoy bastante claro que tiene una faceta complicada que se desdobla en dos aspectos fuertemente vinculados: el crecimiento de tendencias huecas de beneficio y la obsolescencia prematura de tendencias llenas de valor. Estos dos aspectos son el soporte de una corriente enemiga de la moda: la consideran una creación deliberada de personas poderosas y poco éticas que quieren lucrar con la ignorancia o la idiotez de la gente. Y por eso la actitud inteligente y ética debería ser combatirla.

La historia no parece darles la razón. No porque la moda no tenga facetas complejas o porque no existan personas poco éticas que participan de ella, sino porque se trata de un fenómeno inherente a nuestra naturaleza, que existía mucho antes de que alguien pensara siquiera que algún día habría multinacionales de la moda.

Un ejemplo interesante es una pequeña cita del “El discurso del método” publicado por René Descartes en 1637:

“hasta en las modas de nuestros trajes, lo que nos ha gustado hace diez años, y
acaso vuelva a gustarnos dentro de otros diez, nos parece hoy extravagante y ridículo”

Como podemos ver, la moda con sus ciclos y vaivenes tiene muchos siglos de antigüedad. Y como probablemente esté entre nosotros por muchos siglos más, debemos preguntarnos: ¿Qué actitud debemos tener los diseñadores de la interacción con respecto a la moda?

Dos componentes causales de la moda

Para poder definir nuestra actitud como diseñadores de experiencias de usuario frente a la moda, parece útil tomar en cuenta dos componentes del comportamiento humano que están en la raíz del fenómeno: el equilibrio entre conservación y cambio, y la necesidad de pertenencia.

Nuestro cerebro funciona en base a un permanente conflicto de tendencias contrapuestas: consciencia e inconsciente, razón y emoción, placer y dolor, y dentro de esta larga lista están la conservación y el cambio. Los seres humanos tenemos un permanente conflicto entre lo que deseamos mantener y lo que deseamos cambiar. Como todos los fenómenos conductuales se trata de un comportamiento extremadamente complejo, pero para nuestro análisis alcanza con saber que las estrategias cero cambio y solo cambio son las menos adecuadas para nuestro cerebro. Necesitamos mantener una parte y cambiar el resto.

Por otra parte, como animales gregarios necesitamos pertenecer: a nuestra familia, a nuestros amigos, a nuestro barrio, a nuestra opción política, a nuestro club de fútbol, a nuestro país: le pertenecemos. Y para reconocernos y que nos reconozcan utilizamos un conjunto de comportamientos visibles comunes con el grupo: no importa si se trata de usar camperas negras de cuero o de jamás usar una marca de renombre: los objetos que poseemos y cómo los utilizamos nos hacen parte de la tribu, nos dejan pertenecer. Una porción muy relevante de nuestro comportamiento es para los demás, para mostrar a quién le pertenecemos y a quién no.

Una comprobación interesante de esta afirmación es que la mayoría aplastante de los humanos descartamos una prenda decolorada accidentalmente con hipoclorito, inclusive aquellos que tienen en sus roperos jeans que vinieron con manchas decoloradas de fábrica.

La moda es resultado de ambas conductas: vamos mutando, cambiando tanto de preferencia como de grupos de pertenencia y adaptamos nuestras posesiones y el uso que hacemos de ellas para seguir perteneciendo. Y los grupos van mutando y adaptándose en la medida en que sus miembros cambian.

Un poco de moda nunca está de más

La introducción tal vez fue larga, pero era necesaria para entender por qué también en las interacciones un poco de moda nunca está de más.

Por supuesto que quien quiera puede seguir al dedillo la tendencia que considere conveniente, pero lo que estamos intentando contestar aquí es si es preceptivo para el buen diseño considerar la moda, y la respuesta es sí.

Como todos los objetos con los que convivimos, sean estos físicos o virtuales, las interfaces sufren un proceso de transformación en el que algunas tendencias estéticas se afianzan y otras decaen sin que esto tenga valor funcional alguno. Moda pura y dura. Los usuarios son sensibles a estas tendencias y las incorporan o las rechazan en función de cómo se ven a sí mismos y cómo quieren que los vean los grupos a los que pertenecen.

Entender cómo utilizar estas tendencias a nuestro favor, qué parte incorporar determinando cuánto esfuerzo es razonable invertir en ello, así como cuándo bajarse de una corriente que empieza a quedar obsoleta, es una habilidad que el diseñador de experiencias de usuario debe incorporar.

Por eso la próxima vez que un cliente nos diga que esta interfaz se ve vieja, qué esta pantalla se ve “muy Windows 95”, no nos enojemos ni nos irritemos, sencillamente asumamos que la moda está ahí jugando su partido y esa es la parte que nos tocó en suerte.

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