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Agradable

Una y otra vez escuchamos de nuestros clientes que pretenden una interfaz atractiva. El adjetivo estético principal de una interfaz debe ser agradable. Y los motivos son múltiples.

Cena en un ambiente agradable

Una vez, y después otra, los que diseñamos interfaces recibimos el requisito de que la interfaz sea atractiva, como principal adjetivo estético. Es más, no es poco frecuente que venga acompañado de adjetivos como impactante, deslumbrante o llamativo.

Esta no es una ciencia exacta y probablemente haya miles de ejemplos donde estos sean los adjetivos correctos, pero el adjetivo estético default de una interfaz es agradable, y los motivos son múltiples.

La mejor interfaz es la que no existe

Nuestros usuarios utilizan la interfaz como una herramienta para conseguir un objetivo. Cuánto menos herramienta, más cerca del objetivo. El caso óptimo, la utopía a buscar, es cero interfaz.

En esta línea podemos pensar que la mejor interfaz es una interfaz mágica, “la de Harry Potter”. Cierro los ojos, abro los ojos: el trámite está hecho. Cierro los ojos, abro los ojos: la compra está sobre la mesa. Todo lo demás agrega trabajo e interacción que se interpone entre el usuario y su objetivo.

Atraer supone destacar, romper la monotonía, cambiar el curso de las acciones de los usuarios y eso va en contra de la linea de cero interfaz. Es entonces claro que para que la interfaz pase lo más desapercibida posible el adjetivo adecuado es agradable

Ya están acá, ¿para qué atraerlos?

Un usuario nunca llega a la interfaz antes de usarla. Y cuando llega ya lo atrajimos. Así que vale preguntarse ¿para qué queremos una interfaz atractiva si es invisible a quien debemos atraer?

Quien debe atraer a los usuarios es el marketing, allí sí vale el adjetivo atractivo y la intención de cambiar las decisiones de compra de los usuarios. Ese es el motivo y razón de ser del marketing.

Esta confusión entre los objetivos del marketing y los del diseño de la interacción es de las más difundidas (y tal vez de las más irritantes), a pesar de la fuerte contradicción lógica que se esconde detrás.

Atraer es un instante, interactuar es duradero

Supongamos que efectivamente la interfaz fuera atractiva, muy atractiva, y que consiguiéramos el milagro de quebrar la lógica y que efectivamente atraiga a los usuarios. ¿Qué viene después?

Porque la atracción es un instante, un momento: robamos la atención y pasamos un mensaje. Tuvimos éxito o fracasamos, pero ya, ahí terminó la historia. Luego viene la interacción, sea de minutos, horas o años. El proceso en el cual nuestro usuario va a utilizar nuestra interfaz para conseguir su objetivo. Y si ya nos quemamos el cartucho de la atracción ¿Qué nos queda?

En resumen, si pensáramos por un momento la interfaz como un restaurante, la fachada debe ser atractiva, cortar con las fachadas vecinas, agregar marquesinas, colores, para señalar que estamos e invitar a entrar. Eso es marketing. El interior debe ser agradable, preparado para una velada donde el ambiente y la decoración acompañen una comida sabrosa y una charla distendida. Eso es el diseño de la interacción.

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