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Sobre gustos ¿hay algo escrito?

Dice el aforismo que sobre gustos no hay nada escrito. Eso no es cierto porque sobre el tema han corrido ríos de tinta desde que la tinta es tinta. Pero además no es cierto en su espíritu, porque nuestro gusto responde a mecanismos cognitivos que hoy conocemos y podemos describir.

lata de recuerdo galletitas solar

Sobre gustos no hay nada escrito, hasta probar galletas Solar de Anselmi” decía una publicidad en la TV cuando era un niño. Y tenían razón, mucha razón. Una mezcla de azúcar, harina y grasa es un disparo al corazón de nuestro más primitivo mecanismo de supervivencia, que festeja con algarabía cada gramo de alimento que empaquete energía. Cuanta más energía, más algarabía y más festejo.

El espacio pre-perceptivo

Para entender por qué las galletitas dulces tienen una aceptación casi universal, es necesaria una mirada más detallada en el mecanismo cognitivo detrás del hecho de gustar o no gustar.

A grosso modo, un individuo es consciente del sabor de la galleta entre una décima y un cuarto de segundo después de que la muerde. Algunos autores denominan ese breve lapso como espacio pre-perceptivo, el espacio que ocurre antes de percibir. En el lapso que dura el espacio pre-perceptivo ocurren muchas cosas, todas inconscientes, que generan la información que recibirá nuestra conciencia al percibir.

No es un juego de palabras: los estímulos que llegan a nuestros sentidos, en este caso vista, olfato y fundamentalmente gusto, son procesados y filtrados de forma inconsciente, rápida y eficaz, para determinar la información que llegará a la consciencia al percibir. No percibimos “la realidad”, sino lo que nuestro inconsciente procesa para nosotros de la realidad.

No percibimos “la realidad”, sino lo que nuestro inconsciente procesa para nosotros de la realidad.

Ese procesamiento rápido y eficaz está grabado en nuestro ADN, y su núcleo es compartido prácticamente por todos los seres vivos. Tiene como objetivo obtener materia y energía para el metabolismo, mantener vivo al individuo y generar descendencia. En los humanos transmite la información a nuestra consciencia en la forma de sensaciones placenteras o repulsivas, que la consciencia transformará en sentimientos y otras formas más complejas de conocimiento.

Esta es la consecuencia crucial: la galletita nos gusta porque un mecanismo primitivo y universal nos indica a través de sensaciones placenteras que la energía que contiene es bienvenida. Muy placentera y muy bienvenida. Cuando somos conscientes de ello, no tenemos que tomar una decisión, sino actuar sobre una decisión ya tomada.

La galletita nos gusta porque un mecanismo primitivo y universal nos indica a través de sensaciones placenteras que la energía que contiene es bienvenida. Muy placentera y muy bienvenida.

La estética

La estética es, si se me permite una definición sui-generis, todo la elucubración humana sobre este fenómeno tan primitivo. Nuestra consciencia y nuestra capacidad cognitiva son potentes, y los humanos individual y socialmente hemos realizado una construcción magnífica sobre la capacidad de gustar. En la teoría y en la práctica.

Pero tenemos una limitación muy fuerte: el espacio pre-perceptivo se escapa a nuestra consciencia, y tenemos íntimamente la sensación de que las cosas nos gustan porque decidimos que nos gusten. Pensamos que partimos del papel en blanco, donde las opciones de gustar y no gustar tienen igual chance en cada decisión.

No es que no tengamos la capacidad de cambiar las decisiones de nuestro inconsciente, decidiendo no comer galletitas. Todo lo contrario. Los humanos tenemos la capacidad de disfrutar de lo que no debería gustarnos. La montaña rusa es un ejemplo claro de ello: empaqueta todos los estímulos cinéticos de lo que nuestro espacio pre-perceptivo determinará como peligroso e indeseable, y nuestra consciencia los revierte uno tras otro para disfrutar de lo que nos debería hacer padecer.

La montaña rusa empaqueta todos los estímulos cinéticos de lo que nuestro espacio pre-perceptivo determinará como peligroso e indeseable, y nuestra consciencia los revierte uno tras otro para disfrutar de lo que nos debería hacer padecer.

Esta capacidad no parece siquiera tener como límite nuestra propia vida. Los humanos son los únicos animales que pueden planificar un suicidio(*). Somos capaces de construir un plan que de por tierra al maldito espacio pre-perceptivo y su maldita obsesión de mantenernos vivos, fuertes y reproductivos.

Pero no debemos confundirnos: todas esas habilidades y capacidades no deshacen el hecho primitivo, poderoso y grabado en el ADN, por el que nuestro inconsciente genera sensaciones placenteras hacia lo que nos “conviene” y repulsivas hacia lo que “no nos conviene”. La estética como construcción humana es el proceso de adoptar o negar estas decisiones de bajo nivel en todos los terrenos, pero está muy lejos de la partida en vacío, donde todos los caminos tienen el mismo valor y la misma probabilidad. Las galletitas Solar de Anselmi tenían todas las de ganar antes de que la primera de ellas fuera puesta en el primer paquete.

Gusto, estética y diseño de la interacción

El mecanismo de gustar o no gustar entra de lleno en el problema de diseñar buenas interfaces. Lo que nos gusta nos resulta atractivo y lo que no nos gusta dispara los mecanismos de defensa. ¿Para qué forzar a nuestra consciencia a trabajar para revertir esta sensación de desagrado y seguir interactuando con una interfaz que no nos gusta? No hay necesidad.

Así como las galletitas Solar apuntan directo al mecanismo de supervivencia, nuestro diseño puede apuntar directo a los mecanismos que aportan tranquilidad sobre el entorno, con el equilibrio y el cumplimiento de las leyes de la Gestalt como núcleo central.

Sobre gustos sí hay mucho escrito. Y está escrito por la evolución hace millones de años, ni más ni menos que en el ADN de los seres vivos.

Cuando tenemos un motivo, cuando queremos romper el equilibrio para conseguir un objetivo, cuando engañamos la vista para buscar un resultado, adelante. Pero si no tenemos un motivo claro, un objetivo marcado, tenemos que saber que sobre gustos sí hay mucho escrito. Y está escrito por la evolución hace millones de años, ni más ni menos que en el ADN de los seres vivos.


(*) No hay consenso en la comunidad científica sobre si hay animales que se suicidan, pero en general está aceptado que la mayoría de los casos de autoeliminación animal, si es que existiera, tiene que ver con la intervención humana, como la de las orcas en cautiverio, y en ningún caso hay evidencia de que se trate de hechos planificados.

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