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Los depredadores y las interfaces

Qué tienen que ver los depredadores, la evolución de las especies, la capacidad de pasar inadvertido y el diseño de la interacción: mucho, muchísimo más de lo que parece a simple vista.

pez que simula un ojo en la cola

Esta especie de pez mariposa (Chaetodon capistratus) simula tener ojos en la cola para confundir a sus depredadores.

Hace unos tres mil quinientos millones de años aparecían las primeras bacterias sobre la tierra, y con ellas las dos funciones básicas de la vida: sobrevivir y reproducirse. Para sobrevivir, además de alimentarse, hay que conseguir que el ambiente no te quite la vida y no ser presa de los depredadores: todos los seres vivos, en el estado natural, son alimento potencial de otros seres vivos.

Hace unos 500 millones de años aparecen los vertebrados y con ellos la tarea de sobrevivir incorpora una nueva carrera: el depredador que hace todo lo posible por fundirse con el medio para pasar desapercibido y la presa que aguza su atención para detectar al depredador por el más mínimo detalle. Quien es capaz de estar todo el tiempo auscultando el entorno para ver la hoja fuera de lugar en el arbusto, la curva desalineada en el agua o la piedra no tan ovalada en el piso, tendrá la ventaja evolutiva de detectar a su depredador un instante antes que sus compañeros de cardumen o manada y aumentar así su probabilidad de dejar descendencia.

Hace por tanto 500 millones de años que venimos perfeccionando nuestra capacidad de estar permanentemente escudriñando nuestro entorno para detectar el más mínimo desequilibrio que pueda darnos la alerta. Este sistema, depurado pacientemente y pasado de generación en generación a través del ADN, funciona sin pausa aún hoy en día, como si detrás del monitor de la computadora pudiera haber un tigre o una serpiente.

El equilibrio en el diseño

Cuando un usuario se enfrenta a una interfaz, su sistema de alerta se mantiene de forma constante e inconsciente monitoreando los estímulos que recibe para detectar potenciales peligros. No importa si no hay peligros: nuestro cerebro no evolucionó para el monitor sino para la sabana. Todos los desequilibrios, por más pequeños que sean, son analizados y evaluados para determinar su peligro potencial.

Podemos percibir este fenómeno cuando estamos en una habitación que nos resulta molesta o no nos agrada pero no podemos decir por qué: nuestro sistema de alerta está procesando numerosos problemas, y si bien los descarta y no llegan a la conciencia uno por uno, si llega el alerta en forma de desagrado e incomodidad. También lo podemos percibir cuando por ejemplo en un restorán nos toca sentarnos frente a un cuadro torcido, aunque sea un poquito torcido. No podemos dejar de atenderlo, y lo vamos a mirar probablemente decenas de veces: nuestro sistema de alerta es continuo y nunca abandona una fuente potencial de peligro.

No es que los seres humanos no podamos convivir con textos mal centrados, campos de alturas dispares o botones fuera de lugar: es que no da lo mismo que estén en el lugar a que no estén, no es “un problema estético” como suelen quienes pretenden justificarlo, o sí es precisamente un problema estético. Es uno de los roles relevantes de la estética en la interacción: generar sensaciones de calma, de ausencia de alertas de cualquier tipo, por más pequeñas que sean, para que la interacción fluya.

Cuando te de pereza medir si la etiqueta quedó justo en el centro, si todos los campos tienen la misma altura o si el botón está exactamente alineado, recordá que tus usuarios van a notarlo, y eso va a deterirorar la interacción fluida. Tienen un pedigrí de 500 millones de años que los avala.

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